Con un millón de voces
aferradas al desgaste de mi bronce,
cojo el dedo de la llaga naciente
invoco el pérfido temor asolado.
Descubro entre los cantos
el descuelgue de trescientos
gritos que se asemejan
a una batalla en desarrollo
y al sonido interno
de la lucha de la sangre por las venas.
Inquieto contemplo el silencio
las mil y una fortunas derramadas
en ácidos recuerdos que llegan a mi pecho.
Intento defenderme con el arma más letal
que poseo y no dejo de utilizar,
que es mi paciencia cargada de tolerancia.
Destruyo las nubes que ocultan el amanecer
y me paseo en tu memoria visceral
trepando por los pantanos,
y abriendo nuevas y dolorosas heridas.
¡Oh, mi bella, mi voz ausente!
¿cómo ha podido la aurora destronar a la niebla
con su luz invasora?
¿Cómo has anhelado el resplandor
que introduce suavemente sus partículas
errantes en los poros de tu piel?
Mi vieja y cansada armadura no temen,
no tiemblan ante el asecho de sus verdugos.
La triste melodía de este día
encarna en su armonía
los ojos salientes
de las extrañas fauces
que logran hendir
el cuero duro y añejado
de este cuerpo robusto y seco.
Envuelta en ríos de sangre
la tierra deja su manera fácil y tierna,
cambiando su rostro cual camaleón en peligro
y mantiene el río haciéndome cautivo
de su aspecto frío y solitario.
¡Oh, mi bella, mi voz ausente!
¿cómo ha podido el canto de los cuervos
hacer retroceder mi más preciado anhelo?
¿Cómo se embruja al torrente que solapado
espera la revancha?
Empuño mi arma cruenta y milagrosa
abalanzándome entre ramas y espinas.
Espero oculto en las sombras
y dejo que avancen hasta el punto
en donde pueda emboscarlos.
El sudor recorre mis sentidos,
frío húmedo y hielo recorren el cuerpo.
No puedo pensar en otra cosa,
segado totalmente
ataco sin piedad, con razón y calma,
con tezón y fuerza,
con mi esperanza agotada.
Desmantelo a mis oponentes que yacen
tendidos y moribundos.
Los dejo pensar y cuestionarse,
no hay arrepentimiento de su lado,
solo una sensación de derrota mal adquirida.
Cansado, exhausto me retiro, me alejo.
Mis piernas tiemblan
y mi corazón late a mil por hora.
Las heridas no enlutan mi triunfo, al contrario,
no hacen más que recordarme quien soy,
que hago, que quiero, que siento.
Busco mi camino hacia el hogar defendido,
mi patria nueva y mi terreno fértil,
Te encuentro a la espera, con tus brillantes
ojos que hablan de angustia y alegría.
Me acerco y me refugio en ti,
sintiéndome pleno, entero y victorioso,
me miras y ya sabes que
sólo he vuelto con mi paciencia,
pues ya descargué mi tolerancia.

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